no tratar a la persona como «una cosa».

CIUDAD DEL VATICANO, jueves, 31 enero 2008 (ZENIT.org).- Benedicto XVI ha alentado a la Iglesia a mantenerse atenta ante las complejas cuestiones que plantea la bioética, pues no es posible tratar a la persona como «una cosa».

Fue la consigna que dejó en particular a los participantes en la sesión plenaria de la Congregación para la Doctrina de la Fe celebra esta semana en el Vaticano.

El obispo de Roma consideró que «el Magisterio de la Iglesia no puede y no debe intervenir en todas las novedades de la ciencia, pero tiene el deber de poner de relieve los grandes valores que están en juego y proponer a los fieles y a todos los hombres de buena voluntad principios y orientaciones ético-morales para las nuevas cuestiones importantes».

«Los dos criterios fundamentales para el discernimiento moral en este campo -continuó– son: el respeto incondicional del ser humano como persona, desde su concepción hasta la muerte natural y el respeto de la originalidad de la transmisión de la vida humana a través de los actos propios de los cónyuges».

El Santo Padre subrayó que «los nuevos problemas relacionados con la congelación de embriones humanos, con la reducción embrional, con la diagnosis pre-implantatoria, con las investigaciones sobre células estaminales embrionales y con los intentos de clonación humana, muestran claramente que con la fecundación artificial extra corpórea, se ha roto la barrera en defensa de la dignidad humana».

«Cuando seres humanos, en el estado más débil y más indefenso de su existencia son seleccionados, abandonados, asesinados o usados como puro “material biológico”, ¿cómo negar que son tratados no ya como un “alguien”, sino como “una cosa”, poniendo así en discusión el concepto mismo de dignidad humana?».

«Ciertamente –recordó– la Iglesia aprecia y alienta el progreso de las ciencias biomédicas que abren perspectivas terapéuticas hasta ahora desconocidas, a través, por ejemplo, del uso de células somáticas, o también a través de tratamientos que buscan restituir la fertilidad o curar enfermedades genéticas».

«Al mismo tiempo siente el deber de iluminar las conciencias de todos, para que el progreso científico sea realmente respetuoso de cada ser humano, al que se le debe reconocer la dignidad de persona, puesto que ha sido creado a imagen de Dios».

«El estudio sobre estos temas contribuirá a promover la formación de la conciencia de tantos hermanos nuestros», reconoció.

Y, citando una de las consigna dejadas por el Concilio Vaticano II en la declaración Dignitatis Humanae (n. 14), concluyó diciendo: «Los cristianos…, en la formación de su conciencia, deben prestar diligente atención a la doctrina sagrada y cierta de la Iglesia. Pues por voluntad de Cristo la Iglesia católica es la maestra de la verdad, y su misión consiste en anunciar y enseñar auténticamente la verdad, que es Cristo, y al mismo tiempo declarar y confirmar con su autoridad los principios de orden moral que fluyen de la misma naturaleza humana».

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