Es necesaria la «buena fe» para evitar la proliferación nuclear

Intervención del observador permanente vaticano ante la ONU

NUEVA YORK, jueves, 18 octubre 2007 (ZENIT.org).- La Santa Sede ha pedido a todos los estados que demuestren su «buena fe» para aplicar el desarme y la no proliferación nuclear.

Se expresó así el arzobispo Celestino Migliore, observador permanente de la Santa Sede ante Naciones Unidas, interviniendo este martes en Nueva York ante la primera comisión de la 62 sesión de la Asamblea General, que consistió en un «Debate general sobre el desarme total y las cuestiones relativas a la agenda sobre la seguridad internacional».

El prelado recordó el 50 aniversario de la entrada en vigor del Estatuto de la Agencia Internacional para la Energía Atómica (AIEA).

«Visto que el uso del poder nuclear se extiende en diversas partes del mundo, la AIEA se hace cada vez más importante», indicó, añadiendo que por este motivo «necesita y merece un mayor apoyo por parte de la comunidad internacional».

«La Santa Sede, miembro fundador de la Agencia, sigue apoyando plenamente sus objetivos, convencida de que la AIEA juega un papel clave en la promoción de la no proliferación de armas nucleares, el progresivo desarme nuclear y el uso de la tecnología nuclear segura y pacífica para un desarrollo respetuoso del medio ambiente, y que recuerde cada vez más a las poblaciones con menos oportunidades», añadió.

En este momento de tensión en las relaciones internacionales, señaló, «el mundo necesita poder confiar en las conclusiones de la AIEA, según las cuales ningún Estado miembro del Tratado de No Proliferación está abusando de su legítimo derecho a desarrollar energía nuclear con fines pacíficos para producir en cambio armas nucleares».

En este sentido, «todos los instrumentos de la diplomacia deben ser usados para resolver crisis relativas a los intentos de algunos países de adquirir capacidad de construir armas nucleares, y para disuadir a otros de emprender esta vía peligrosa», subrayó.

Además, denunció, «los continuos fracasos en llevar a una conclusión positiva
las negociaciones para la progresiva eliminación de las armas nucleares y los planes para modernizar los arsenales nucleares existentes, comprometen la viabilidad del Tratado».

El prelado explicó que «el desarme nuclear y la no proliferación nuclear pueden ser causa de refuerzo o debilitamiento recíproco», indicando que son un «imperativo para la plena implementación de las previsiones del Tratado de No Proliferación».

«En un momento delicado como este –confesó Migliore–, hagamos un llamamiento a todas las partes para que demuestren la ‘buena fe’ que el Tratado pide para llevar adelante las negociaciones».

El obstáculo, insistió, no es tanto una cuestión de dificultad técnica cuanto «la falta de voluntad política».

Para aplicar esta última, «el reconocimiento de los valores de la moralidad desempeñaría un papel fundamental», observó.

La Santa Sede, añadió, ha sostenido en diversas ocasiones que las armas nucleares contravienen cualquier aspecto del derecho humanitario, siendo «una afrenta a nuestra tarea de administrar el medio ambiente» porque «pueden destruir la vida del planeta y al mismo planeta».

El prelado recordó también el peligro «real y existente» de que las armas nucleares acaben «en las manos de los terroristas».

En este sentido, subrayó que la Santa Sede auspicia la convocatoria, por parte de la Asamblea General, de una cumbre mundial sobre desarme, no proliferación y uso terrorista de las armas de destrucción masiva.

La delegación vaticana, añadió, espera que la Comisión de Naciones Unidas de ulteriores pasos también en el control de las armas convencionales, incluídas aquellas de pequeño calibre y las armas ligeras.

El arzobispo recordó «los desastres humanitarios provocados por las bombas de racimo, sobre todo en la población civil», respecto a los cuales la Santa Sede sigue manteniendo la urgencia de empezar las negociaciones en favor de un instrumento legalmente vinculante y por la moratoria de su producción, distribución y uso.

«La Comisión debe aunar todos sus recursos de fuerza y voluntad para proponer un liderazgo con el fin de vencer los desafíos que se presentan –concluyó Migliore–. Debemos sentirnos impulsados por los valores de la responsabilidad, solidaridad y del diálogo para iluminar el camino que tenemos delante».

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