Evangelización de los Encarcelados

La atención de la Iglesia a los presos

Por el cardenal Renato Martino

ROMA, sábado, 15 septiembre 2007 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención que pronunció el cardenal Renato R. Martino, presidente del Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz el 7 de septiembre en el XII Congreso Internacional de la Comisión Internacional de Pastoral Penitenciaria Católica «Pastoral Penitenciaria – La misión de la Iglesia».

* * *

Deseo, en primer lugar, saludar respetuosamente a todos los participantes en este XII Congreso Mundial de Pastoral Penitenciaria Católica. Les expreso igualmente mi alegría por encontrarme aquí, en medio de todos Ustedes, Obispos, Sacerdotes, Religiosos, Religiosas y Fieles cristianos laicos que hacen concreta y tangible la misericordia y la compasión del Buen Samaritano entre todos aquellos que componen el mundo penitenciario. Sí, Ustedes con su compromiso cristiano representan el rostro de la Iglesia, una Iglesia que quiere ser madre y servidora de todos, especialmente de los más débiles. Una Iglesia samaritana que se acerca a sus hijos heridos por el dolor y la necesidad, hambrientos de justicia, de paz y de misericordia.

La misión de la Iglesia y el mundo penitenciario.

El mayor servicio que la Iglesia ofrece a los hombres y mujeres de todos los tiempos, de todas las latitudes y en todas las circunstancias, es el de evangelizarlos. La Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, afirma que la evangelización es para la Iglesia su «dicha y vocación propia… su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar» [1], para provocar el encuentro del hombre con Cristo, su cometido fundamental es, en efecto, «dirigir la mirada del hombre, orientar la conciencia y la experiencia de toda la humanidad hacia el misterio de Cristo, ayudar a todos los hombres a tener familiaridad con la profundidad de la Redención, que se realiza en Cristo Jesús» [2].

Evangelizar es la prioridad suprema de la Iglesia. La necesidad más profunda del alma humana es buscar a Dios. Ustedes en las cárceles, en primera línea, han palpado esta urgente necesidad, quieren despertarla y proponer caminos para satisfacerla, convencidos de que no es algo imposible de lograr, porque Dios se ha hecho hombre, ha venido al mundo para que los hombres que lo buscan lo puedan encontrar. Porque Jesucristo, como ha afirmado Juan Pablo II en el Jubileo del año 2000, sale siempre al encuentro del hombre, de todo hombre, cualquiera que sea su situación.

Los agentes de pastoral penitenciaria tienen la gran misión de ser instrumentos que preparen el terreno para que se dé este encuentro. A ello están dirigidas todas sus actividades pastorales, porque ser y vivir como cristianos no nace de una buena intención o de una gran idea, sino del encuentro con una Persona, Jesucristo, encuentro que a todos, particularmente a quienes se encuentran en situaciones de dificultad, conduce a creer en el amor [3]. Es ésta la inspiración de fondo, el mandamiento nuevo del amor, la que debe motivar toda acción al servicio de los demás, es esta experiencia la que representará la prueba fehaciente de que los agentes pastorales han tenido una verdadera experiencia de encuentro con Dios, en Jesucristo [4]. Sólo así no se perderá la ruta hacia la cual deben dirigirse todas sus actividades en las prisiones, es decir, a provocar el encuentro personal de cada prisionero con Jesucristo, camino de libertad plena para todos. Junto con esta altísima misión de hacer que los hombres y mujeres en las cárceles se encuentren con Dios, Ustedes tienen a la vez la oportunidad y la gracia de encontrar a Dios en los hombres y mujeres de las cárceles, de evangelizar y de ser evangelizados.

El eje central de la evangelización: la fidelidad.

La evangelización tiene un eje central: la fidelidad. Fidelidad al mensaje de salvación que se anuncia y fidelidad a los hombres y mujeres a los que se ha de transmitir intacto y vivo; no manipulado, no desgastado, no reducido, a nada ni a nadie sometido [5]. Manteniendo esta fidelidad, los agentes de la pastoral penitenciaria deberán buscar y encontrar los medios para transmitir el Mensaje de salvación a quienes viven en las prisiones.

El primero de estos medios será el del testimonio [6]. Un testimonio de vida coherente con el mensaje de Cristo que se predica en las prisiones, debe acompañar siempre el anuncio explícito, para despertar la inquietud por Cristo de quienes ven y escuchan, porque «la caridad de las obras corrobora la caridad de las palabras» [7].

Tengan la certeza de que su labor pastoral entre los encarcelados es importantísima para la vida y misión de la Iglesia, porque «el testimonio evangélico, al que el mundo es más sensible, es el de la atención a las personas y el de la caridad para con los pobres y los pequeños, con los que sufren. La gratuidad de esta actitud y de estas acciones, que contrastan profundamente con el egoísmo presente en el hombre, hace surgir unas preguntas precisas que orientan hacia Dios y el Evangelio» [8]. El lenguaje que mejor entiende y motiva más al hombre de hoy es el del servicio, especialmente el que se ofrece a los más débiles. La opción preferencial por los pobres ha sido y continúa siendo vital para la misión de la Iglesia, porque la pone a prueba y la fortalece, y también porque servir y promover a los pobres significa crecer en humanidad. La predicación evangélica, acompañada de su testimonio, es semilla de justicia, de paz y de misericordia, que con la gracia de Dios, germina siempre, produciendo frutos de verdadera liberación, no obstante la maleza que la rodea.

Evangelizar indica un proceso, un camino ininterrumpido por recorrer, camino de renovación interior, de continua conversión personal, de liberación auténtica, camino que necesariamente evita las ideologías y las alianzas políticas de parte. El evangelizador de las prisiones debe ser un ferviente cultivador de la verdad, porque es la verdad la que hace libres. La ideología es contraria a la verdad, de aquí un punto de vital importancia para el agente de pastoral, para el discípulo de Aquel que se nos reveló como Camino, Verdad y Vida. El evangelizador del mundo penitenciario, por fidelidad a la verdad del mensaje que anuncia y por fidelidad a quienes lo anuncia, debe estar libre de ideologías de cualquier color, de izquierdas o de derechas, de las que quieren callar la denuncia o de las que buscan silenciar el anuncio; las ideologías siempre fomentan el odio y la división, enconan las heridas en lugar de sanarlas. La sabiduría evangélica enseña claramente lo que la experiencia humana comprueba siempre, que la violencia no puede sino generar violencia, nunca justicia, ni paz, ni reconciliación. Sería una grave contradicción combatir las situaciones injustas que denunciamos con las mismas armas que utilizan quienes las provocan, sería desastroso que aquellos que son identificados como instrumentos de paz, predicadores de reconciliación, quisieran vencer la violencia recurriendo a ella, acabar con la marginación marginando, luchar contra la corrupción corrompiendo.

La pastoral penitenciaria, pastoral de la misericordia.
Las Sagradas Escrituras, especialmente los Evangelios, nos confirman que la Misericordia es absolutamente necesaria para ser seguidores de Jesús, porque el Señor no la recomienda o aconseja. El Señor la manda: «Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso» (Lc, 6,36). Para que sea autentica misericordia ha de practicarse sin distinción de personas, a semejanza del Padre celestial. Esta virtud debe estar particularmente presente entre los miembros de la pastoral penitenciaria, como un signo de contradicción en una sociedad que ve a la misericordia como una debilidad, que busca expulsar de su vida la benevolencia y la compasión, que excluye y se olvida de quienes han fallado y los considera indignos de seguir formando parte de ella. Una sociedad que, sin embargo, no está carente de responsabilidad frente a quienes han cometido un delito. Quien se encuentra en prisión descontando una pena «ha nacido y crecido en una sociedad, en la que se ha formado y de la cual ha tenido las posibilidades concretas para su vivir y actuar. Su comportamiento es también un fracaso de la sociedad, no sin responsabilidades compartidas, en el generar o conservar lógicas y estructuras insolidarias o inadecuadas para el bien común, en el consentir de hecho modelos y estilos de vida que facilitan o al menos consienten profundas deformaciones interiores y comportamientos desviados» [9]. Sólo por citar un ejemplo, una de las causas por las que muchos hombres y mujeres jóvenes se encuentran en prisión es el comercio y consumo de drogas. Esto tiene otras causas de fondo, entre ellas la pobreza, la disgregación de la familia, la cultura hedonista que nos rodea, el fomento del culto al poder y al aparecer Muchos de los hombres y mujeres que viven privados de libertad han tenido menos oportunidades en la vida, carentes de educación, de una familia integrada, de medios económicos suficientes para una vida digna, circunstancias que no cancelan su responsabilidad personal, pero sí la disminuyen.

El Rostro de Cristo, luz que ilumina el servicio de la Pastoral Penitenciaria
Sólo con la luz de la fe cristiana podemos descubrir al Dios escondido en la carne maltratada y en el corazón contrito de los hombres y mujeres que sufren en las prisiones y contemplar el Rostro de Cristo en cada uno de los encarcelados. Es a la luz de este Rostro que surgen nuevos horizontes y se fortalece la esperanza para quienes están comprometidos en servir a la gente del mundo penitenciario, en las múltiples y complejas áreas que abarca este servicio pastoral:

– En la defensa de los derechos humanos de los encarcelados [10]
Uno de los desafíos más urgentes de la pastoral penitenciaria es la defensa de los derechos humanos de las personas privadas de su libertad, ésta es una obra de misericordia de vital importancia. La violación de los derechos humanos en las prisiones provoca mayor marginación, exclusión y sufrimiento. La primera pobreza es cuando los derechos humanos no son respetados. Uno de los casos más evidentes de pobreza, en este sentido, es cuando la vida de una persona humana es suprimida. La Iglesia cree y proclama que los derechos humanos son universales, inviolables e inalienables, que deben ser protegidos, no individualmente sino en su totalidad, que debemos de trabajar para superar la distancia entre la letra y el espíritu de los derechos humanos.

La defensa y promoción de los derechos fundamentales de la persona humana forma parte de la misión pastoral de la Iglesia, comenzando por el derecho a la vida. Reitero aquí, una vez más, la posición de rechazo a la pena de muerte y el apoyo a las iniciativas que tienen como objetivo defender la vida, desde la concepción hasta la muerte natural. La pena de muerte empobrece a la sociedad que la legítima y comete, porque corre graves peligros, como el de castigar a personas inocentes, fomentar la venganza antes que la auténtica justicia social. La pena de muerte es una ofensa clara de la inviolabilidad de la vida humana y, para quienes creemos en el Dios de la vida y de la misericordia, representa un desprecio de la enseñanza evangélica del perdón [11]. No se puede castigar un crimen con otro crimen, la pena de muerte no hace justicia a las víctimas, y afirma un principio gravísimo, es decir, que «en ciertos casos la vida humana puede ser deliberadamente suprimida, a juicio de quien tiene el poder político necesario para decidir cuando y por qué… la vida de una persona se confía al juicio y a la decisión de alguien. La pena de muerte se quiere justificar en nombre del bien común, un bien que no ha sido tutelado. Y precisamente quien no ha sabido o no ha podido tutelarlo, declara querer hacerlo suprimiendo la vida de una persona culpable (declarándose así inocente), y renunciando, precisamente, con esa decisión a perseguir el bien común, que necesariamente incluye el bien de la persona condenada. Se quiere resolver la peligrosidad social del culpable suprimiendo su vida, sin prever a ello con otras medidas posibles. Debemos preguntarnos: ¿existe un peligro social mayor que el de poder suprimir la vida de una persona?» [12].

– En la búsqueda de alternativas
La Iglesia con su servicio pastoral al mundo, del que la realidad carcelaria forma parte, ofrece un punto de referencia moral para la formación de las conciencias, para la renovación moral de la sociedad y de sus estructuras. El cristiano, a la luz del Rostro de Cristo, confinado en las prisiones, debe sentirse impulsado por la misericordia a trabajar en su servicio, haciendo todo lo que deba y pueda para cambiar la situación inhumana en que viven la mayoría de los encarcelados.

Los agentes que evangelizan el mundo de las cárceles deben impulsar y colaborar en todas aquellas iniciativas que favorezcan la renovación del sistema penitenciario, con creatividad y esperanza impulsarlo para que éste busque alternativas a la reclusión, evite que las penas sean desproporcionadas al delito cometido y a las circunstancias del encarcelado o detenido. Por otra parte, si bien es cierto que a la pastoral penitenciaria como institución de la Iglesia no le compete declarar culpables o inocentes, formular las leyes, administrar la justicia en una sociedad, sí tiene el derecho y el deber de denunciar todas aquellas situaciones que lesionan la dignidad de la persona humana, de proponer el Evangelio y los principios de su doctrina social para colaborar en la formación de las conciencias de quienes tienen la obligación de administrar la justicia, incluidas las autoridades y guardias carcelarios, promover la reflexión sobre el sentido de las penas, abrir horizontes a iniciativas que vuelvan más humano el sistema penitenciario, apelar a la conciencia de la sociedad y de sus instituciones. La Iglesia debe unir fuerzas con las demás instituciones de la sociedad para fomentar y fortalecer medidas para la prevención del delito y para la reinserción en la sociedad de quienes salen de las prisiones. Los agentes de la pastoral penitenciaria pueden realizar y realizan en este campo una labor encomiable;

– En todas las situaciones que encuentran.
Existen situaciones que requieren una mayor reflexión, y que se han tratado ampliamente y deberán seguirse tratando, siempre a la luz del Evangelio. Me refiero brevemente a algunas de estas situaciones:
– La atención y cuidado de las víctimas del delito. Éstas han sufrido a causa de los errores de otros, una especial atención se les debe brindar también a ellas, para evitar que se hundan en la tristeza, la desesperanza o el deseo de venganza. Cuando han sido objeto de un mal reparable, en justicia se debe reparar, pero siempre a la luz de la misericordia de Dios que abre horizontes para el perdón, la reconciliación y la pacificación. En el compromiso de la pastoral penitenciaria no deben ser olvidadas.
– La denuncia profética de toda clase de tortura en las prisiones. Una sociedad que se considere civilizada, democrática y moderna debe hacer todo lo posible por cancelar todo tipo de prácticas que degradan física y moralmente a las personas en prisión.
– El cuidado de las familias de los detenidos, porque éstas generalmente se convierten en otras personas castigadas, y con frecuencia soportan un peso mayor que la condena que sus familiares cumplen privados de su libertad física. Las mujeres, especialmente las madres de familia deben solas velar por el sustento y la educación de los hijos. Ellos son, con mucha frecuencia, los miembros más vulnerables en el amplio espectro del mundo penitenciario. La pastoral penitenciaria católica, y la Iglesia toda, tiene un desafío muy importante en implementar una pastoral familiar para los miembros de las familias en condiciones particularmente vulnerables. Las comunidades parroquiales, particularmente aquellas a las que pertenecen estas familias, deben implicarse para aliviar, con la caridad de los miembros de la comunidad, las necesidades de las familias de los prisioneros. La primera acción será la de evitar cualquier marginación.
– La concienciación de la sociedad. La sociedad no puede cerrar los ojos, no puede ser indiferente ante la realidad penitenciaria, si bien es cierto que cada uno es responsable de sus actos, es también cierto que a la sociedad le corresponde parte de la responsabilidad, y en base a esa responsabilidad ella debe ponerse en movimiento para remediar o prevenir el delito. Una sociedad que simplemente identifica al culpable y lo condena, evita cuestionarse a sí misma, sus criterios, estilos de vida, opciones y estructuras.

La Pastoral Penitenciaria, una misión eclesial.

Soy consciente de que el servicio pastoral de la Iglesia en las prisiones es muy amplio y abarca diversas áreas y sectores, me he limitado a mencionar sólo algunos. Quiero ahora, antes de terminar, subrayar algo que me parece muy importante, basado en lo que hasta aquí he propuesto para la reflexión sobre el tema que me han asignado. Se trata de la identidad de la Comisión Internacional y de las Comisiones Nacionales de Pastoral Penitenciaria Católicas.

Cada Comisión de pastoral se organiza y estructura de acuerdo a su realidad concreta, lo importante es no olvidar que el servicio en las cárceles es un trabajo de Iglesia. La Comisión Internacional de Pastoral Penitenciaria Católica es una ONG oficialmente reconocida, pero su identidad eclesial es importantísima, a partir de ella se entiende lo que hace, cómo lo hace y por qué lo hace. A partir de su identidad eclesial se formulan los programas, los medios y los tiempos de sus actividades. A partir de su identidad eclesial entiende y realiza mejor también la colaboración con otras organizaciones de otras religiones que trabajan a favor de los encarcelados. El ecumenismo en el marco del servicio a los encarcelados es un tema que requiere una reflexión amplia y profunda.

La identidad eclesial de la pastoral penitenciaria requiere la fidelidad a Dios y al hombre en la Iglesia. La comunión es a la vez el horizonte y la fuente de energía para realizar los planes de Dios a favor del hombre, la restauración de su diseño de amor por los hombres en los ambientes carcelarios. El principal servicio es anunciar el evangelio de la dignidad del hombre, revelar el hombre al hombre mismo, esto se realiza sólo a la luz de Cristo en la Iglesia. El lema de la Comisión Internacional de Pastoral Penitenciaria Católica, habla por sí solo: Vinculum unitatis. Todas las actividades y servicios que se realizan en este campo, y en todos los campos de la pastoral de la Iglesia, serán fecundos si se hacen en unidad, si se realizan en comunión. Así, el sacerdote que sirve a sus hermanos y hermanas en dificultad, no las sirve a titulo personal, es un apóstol, un enviado por su Obispo, y el Obispo, como primer responsable de su comunidad, quiere con la colaboración de sus sacerdotes, cuidar de quienes Dios le ha confiado. Entre quienes le ha confiado no exclusiva, pero sí preferencialmente están los pobres, los más débiles, y entre estos se encuentran los encarcelados.

El trabajo que Ustedes realizan en las prisiones es de los más exigentes, cada uno de los agentes pastorales penitenciarios se enfrenta a retos y desafíos enormes que no deben ni pueden afrontar solos y desarmados, de aquí que es necesario estar insertados en una comunidad eclesial y en un proceso de formación integral permanente.

Les deseo un fecundo trabajo de oración, estudio y convivencia en estos días del Congreso, a la vez que les expreso mi admiración y agradecimiento por su compromiso de servir a Cristo en las prisiones.  ————————-NOTAS
[1] Evangelii nuntiandi, 14.

[2] Redemptor hominis, 10.

[3] Cf. Deus caritas est, 1.

[4] Cf. Novo Millennio Ineunte, 42.

[5] Cf. Evangelii nuntiandi, 4.

[6] Cf. Id., 41.

[7] Novo millennio ineunte, 50.

[8] Redemptoris missio, 42.

[9] S. Bastianel: «Pena di morte. Considerazioni etiche»: AA.VV. Chi è senza peccato scagli la prima pietra. La pena di morte in discussione, PUG, Roma 2007, p. 81.

[10] Remito para la ampliación del argumento, a las actas del Seminario Internacional sobre los Derechos Humanos de los Presos, organizado conjuntamente por el Pontificio Consejo «Justicia y Paz» y la Comisión Internacional de la Pastoral Penitenciaria Católica, Roma, 1 – 2 de marzo de 2005.

[11] Cf. Evangelium vitae, 56: Santa Sede, Declaración con motivo del congreso mundial sobre la pena de muerte celebrado en París, 7 de febrero de 2007.

[12] S. Bastianel, op. cit., pp. 86 – 87.

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