Informe de la Conferencia Episcopal de Puerto Rico en Aparecida

APARECIDA, lunes, 21 mayo 2007 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención de monseñor Roberto Octavio González Nieves, arzobispo de San Juan de Puerto Rico, presidente de la Conferencia Episcopal de ese país, pronunciada en la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano.

Un saludo de Paz y Bien a nombre de los Obispos de Puerto Rico y de nuestro pueblo. Hablo a nombre de la Delegación de Puerto Rico a esta V Conferencia.

Como Arzobispo de San Juan de Puerto Rico soy sucesor de Mons. Alonso Manso, primer obispo de la Diócesis de San Juan Bautista de Puerto Rico y quien fuera el primer obispo en tomar posesión de una diócesis en el nuevo mundo, el 25 de diciembre de 1512.

Las raíces apostólicas de la Iglesia penetraron en el continente americano en tierra puertorriqueña, adquiriendo eventualmente una faz española-caribeña y una historia que compartimos con los otros países de la región. En Puerto Rico, sin embargo, el fin de la colonización española no dio paso a la independencia nacional, sino que fue seguida por la colonización por parte de los Estados Unidos, a quien fue cedida nuestra nación en el tratado de Paris de 1898, que terminó la guerra entre Estados Unidos y España. Lamentablemente, desde entonces hasta el día de hoy no se ha resuelto el problema de estatus político final de nuestro país.

El conflicto ideológico y político generado por esta incertidumbre acerca de la identidad puertorriqueña se ha agudizado en los últimos 10 años con efectos nocivos en todos los niveles de nuestra vida social y cultural y como tal presenta un gran desafío a la misión de evangelización, especialmente en lo que concierne a la doctrina social de la Iglesia, donde intereses políticos partidistas tratan de manipular sus enseñanzas. Además tenemos el gran desafío de propiciar la unidad entre todos y todas los puertorriqueños y puertorriqueñas.

Es importante reconocer que la colonización norteamericana, aún con su generosa ayuda económica y el desarrollo de una democracia puertorriqueña pacífica, conlleva un choque entre una cultura generada por la fe católica y otra de origen protestante con un fuerte espíritu anticatólico. Intereses norteamericanos que buscaban la anexión total de Puerto Rico con los Estados Unidos insistían en la necesidad de destruir la mentalidad católica del pueblo puertorriqueño, presentando así un desafío como el que confrontan actualmente las comunidades hispanas en los mismos Estados Unidos.

El contacto con una cultura no católica aceleró en Puerto Rico el proceso de secularización del cual se ha hablado en el documento de la Síntesis, donde con algunas notables excepciones los medios de comunicación social están dominados por las ideologías modernas que amenazan con destruir los frutos de nuestra cultura tradicional católica, es decir, los frutos de la primera evangelización. Por ejemplo: la tendencia a redefinir la familia fundada sobre el matrimonio.

Sin embargo, el alma de Puerto Rico no ha sido destruida totalmente. Ni las sectas ni el proselitismo agresivo anticatólico han logrado su finalidad. Hoy, después de más de 100 años de proselitismo en Puerto Rico aproximadamente el 70% de nuestra población es católica. Además, hay tantas señales actuales de renovación eclesial que nos llenan de esperanza y alegría.

1. Una pastoral vocacional que fecunda el incremento en la vida sacerdotal y diaconal.
2. La catequesis bíblica.
3. El crecimiento en grupos laicales y de familia.
4. Una pastoral juvenil que se fortalece.
5. Entusiasmo por la Doctrina Social de la Iglesia.
6. La catequesis continuada.
7. Nueva conciencia de la dignidad de la persona humana desde el primer momento de su concepción hasta su muerte natural, y en todas las etapas de la vida.
8. Nuevo entusiasmo por la santidad y las obras de solidaridad, entre otros.

Conclusión:
Queremos ser discípulos y misioneros de la nueva evangelización. Esta segunda evangelización de todo el continente americano, que rejuvenecerá la fe de la Iglesia para las próximas generaciones y para mayor honra y gloria de Dios.

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